El mito de la caverna
Uno
de los pasajes más célebres del diálogo platónico, aquel en que
Sócrates presenta su alegoría del mundo de las ideas, muda de escenario
en la versión del intelectual francés: las sombras ilusorias se
proyectan sobre una pantalla de cine
¿Por
qué no? Imaginen una gigantesca sala de cine. Adelante, la pantalla,
que sube hasta el techo -pero es tan alto que todo eso se pierde en la
sombra-, le corta el paso a toda visión de otra cosa que no sea ella
misma. La sala está colmada. Desde que existen, los espectadores están
aprisionados en su asiento, con los ojos fijos en la pantalla y la
cabeza sostenida por auriculares rígidos que les cubren los oídos.
Detrás de esas decenas de millares de personas clavadas a sus butacas,
hay, a la altura de las cabezas, una vasta pasarela de madera, paralela a
la pantalla en toda su longitud. Detrás aun, enormes proyectores
inundan la pantalla con una luz blanca casi insoportable.
-¡Qué lugar tan raro! -dice Glaucón.
-No mucho más que nuestra Tierra? Por la pasarela
circulan toda suerte de autómatas, muñecas, siluetas de cartón,
marionetas, sostenidos y animados por invisibles titiriteros o dirigidos
por control remoto. Así pasan una y otra vez animales, camilleros,
guadañeros, automóviles, cigüeñas, gente cualquiera, militares en armas,
bandas de jóvenes de las afueras, tórtolas, animadores culturales,
mujeres desnudas? Unos gritan, otros hablan, otros tocan el cornetín de
pistón o el bandoneón, otros no hacen más que apurarse en silencio. En
la pantalla se ven las sombras que los proyectores recortan en ese
incierto carnaval. Y la muchedumbre inmóvil oye, a través de los
auriculares, gritos y palabras.
-¡Mi Dios! -puntualiza Amaranta-. Extraño espectáculo, ¡más extraños aún los espectadores!
-Pues se nos parecen. ¿Ven ellos de sí mismos, de sus
vecinos, de la sala y de las escenas grotescas de la pasarela, otra cosa
que las sombras proyectadas en la pantalla por el torrente de las
luces? ¿Oyen otra cosa que lo que les emite su casco?
-Ciertamente nada -exclama Glaucón-, si su cabeza está
inmovilizada desde siempre sólo en dirección a la pantalla y sus oídos,
tapados por los auriculares.
-Y tal es el caso. No tienen entonces ninguna otra
percepción de lo visible que la mediación de las sombras, y ninguna otra
de lo que se dice que la de las ondas. Si se supone, incluso, que
inventan recursos para discutir entre ellos, le atribuirán
necesariamente el mismo nombre a la sombra que ven y al objeto, que no
ven, del cual esa sombra es la sombra.
-Sin contar -agrega Amaranta- que el objeto en la
pasarela, robot o marioneta, es ya él mismo una copia. Se podría decir
que no ven más que la sombra de una sombra.
-Y -completa Glaucón- que no oyen más que la copia digital de una copia física de las voces humanas.
-¡Y sí! Esos espectadores cautivos no tienen ningún
modo de concluir que la materia de lo Verdadero es otra cosa que la
sombra de un simulacro. ¿Pero qué pasaría si, rotas las cadenas y curada
la alienación, su situación cambiara de todo en todo? ¡Atención!
Nuestra fábula toma un cariz muy diferente. Imaginemos que se desata a
un espectador, que se lo fuerza de pronto a levantarse, a volver la
cabeza hacia la derecha y hacia la izquierda, a caminar, a mirar la luz
que emana de los proyectores. Por supuesto, va a sufrir por todos estos
gestos inhabituales. Deslumbrado por los flotes luminosos, no puede
discernir todo aquello cuyas sombras, antes de esta conversión forzada,
contemplaba con tranquilidad. Supongamos que se le explica que su
antigua situación sólo le permitía ver el equivalente, en el mundo de la
nada, de las charlatanerías, y que es ahora cuando está cerca de lo que
es, cuando puede enfrentarse a lo que es, de tal suerte que su visión
es al fin susceptible de ser exacta. ¿No se quedaría atónito? ¿No se
sentiría molesto? Será mucho peor si se le muestra, en la pasarela, el
desfile de los robots, las muñecas, los fantoches y las marionetas, y
si, a fuerza de preguntas, se le intenta hacer decir qué es todo
aquello. Porque es seguro que las sombras anteriores serán aun, para él,
más verdaderas que todo lo que se le muestra.
-Y en cierto sentido -observa Amaranta- lo son: ¿una
sombra que valida una experiencia repetida no es más "real" que una
repentina muñeca cuya proveniencia se ignora?
Inmóvil, tan incómodo como maravillado, Sócrates mira fijamente a Amaranta con sus ojos en silencio. Luego:
-Hay que ir hasta el final de la fábula, sin duda,
antes de concluir en cuanto a lo real. Supongamos que se obliga a
nuestro cobayo a mirar con fijeza los proyectores. Eso le hace
atrozmente mal a los ojos, quiere huir, quiere volver a encontrar lo que
soporta ver, esas sombras cuyo ser, según estima, es mucho más seguro
que los objetos que se le muestran. Entonces, unos rudos mocetones a
quienes les hemos pagado lo sacan sin miramientos de las filas de la
sala. Le hacen pasar una pequeña puerta lateral disimulada hasta aquí.
Lo echan en un túnel mugriento por el cual se desemboca, al aire libre,
en los flancos iluminados de una montaña en primavera. Deslumbrado, se
cubre los ojos con mano débil; nuestros agentes lo empujan en la
pendiente escarpada, por largo tiempo, ¡cada vez más alto! ¡Más alto
aún! Llegan a la cumbre, en pleno sol, y allí lo abandonan los guardias,
que descienden de la montaña y desaparecen. Helo aquí solo, en el
centro de un paisaje ilimitado. El exceso de luz devasta su conciencia.
¡Y cómo sufre por haber sido así arrastrado, maltratado, expuesto! ¡Cómo
odia a nuestros mercenarios! Poco a poco, sin embargo, trata de mirar,
hacia las crestas, hacia los valles, el mundo resplandeciente. Primero
se enceguece por el esplendor de cada cosa y no ve nada de todo aquello
de lo que decimos comúnmente: "Eso existe, está en verdad ahí". No es él
quien podría decir como Hegel ante la Jungfrau, con un tono
despreciativo, "das ist", eso sólo es. Intenta, no obstante, habituarse a
la luz. Después de muchos esfuerzos, bajo un árbol aislado, termina por
discernir el trazo de sombra del tronco, el recorte negro de las hojas,
que le recuerdan la pantalla de su antiguo mundo. En un charco al pie
de un peñasco alcanza a percibir el reflejo de las flores y de las
hierbas. De allí pasa a los objetos mismos. Poco a poco, se va
maravillando con los bosquecillos, con los pinos, con una oveja
solitaria. Cae la noche. Al levantar los ojos hacia el cielo, ve la luna
y las constelaciones, y aun alzarse a Venus. Sentado rígido sobre un
viejo tronco, espía a la radiante. Ella emerge de los últimos rayos y,
cada vez más brillante, declina y se abisma a su vez. ¡Venus! Al fin,
una mañana, es el sol, no en las aguas modificables, ni según su reflejo
exterior, sino el sol mismo, en sí y para sí, en su propio lugar. Lo
mira, lo contempla, sumido en la beatitud de que sea tal cual es.
-¡Ah! -grita Amaranta-. ¡Qué ascensión nos describe! ¡Qué conversión!
-Gracias, jovencita. ¿Harías tú lo mismo que él? Porque
él, nuestro anónimo, aplicando su pensamiento a lo que ve, demuestra
que de la posición aparente del sol dependen las horas y las estaciones y
que, de tal modo, el ser-ahí de lo visible está suspendido a ese astro,
de modo tal que se puede decir: sí, el sol es el regente de todos los
objetos de los que nuestros antiguos vecinos, los espectadores de la
gran sala cerrada, no ven sino la sombra de una sombra. Al evocar así su
primera morada -la pantalla, el proyector, las imágenes artificiales,
sus compañeros de impostura-, nuestro evadido involuntario se regocija
de haber sido echado de allí y siente piedad por todos aquellos que se
quedaron clavados en su butaca de visionarios ciegos.
-Rara vez la piedad -objeta Amaranta- es buena consejera.
-¡Ah! -responde Sócrates, fijando en ella sus pequeños
ojos negros y duros-, eres sin duda una jovencita: violenta y sin
piedad. Volvamos pues al pensamiento puro. En el reino de los
artificios, en la caverna de lo aparente, ¿quién tenía entonces el
primer rol? ¿Quién podía vanagloriarse de aventajar a los otros, sino
aquel cuyo ojo penetrante y cuya memoria sensible registraban las
sombras pasajeras -localizando las que volvían a menudo, las que
raramente se veían, las que pasaban agrupadas o siempre solitarias-,
aquel que era el más apto, en suma, para percibir lo que iba a
sobrevenir en la superficie apremiante de lo visible? ¿Creen que nuestro
evadido, después de haber contemplado el sol, estaría celoso de esos
adivinos del juego de las sombras? ¿Que envidiaría su superioridad y
desearía gozar de las ventajas que de ella sacan, por más grandes que
sean? ¿No sería más bien como Aquiles en laIlíada, que prefería cien
veces ser un siervo atado a la gleba y a la carreta en lugar de vivir,
como lo hacía, en una suntuosidad puramente ilusoria?
-¡Oh, Sócrates! Lo veo a usted también, extasiado, esconderse detrás de Homero -se burla Amaranta.
-Después de todo, soy griego -murmura Sócrates, a la defensiva.
-¿Y si -interrumpe Glaucón, que teme una querella- imagináramos que nuestro evadido desciende realmente a la caverna?
-Estará forzado a ello -dice Sócrates con un aire
grave-. En todo caso, si regresa a su lugar, serán esta vez las
tinieblas las que, después de la iluminación solar, lo cieguen de
pronto. Y si, incluso antes de que sus ojos hayan vuelto a acostumbrarse
a la sombra, entra en competencia con sus antiguos vecinos, que nunca
dejaron su butaca, para anticipar el devenir de lo que se proyecta en la
pantalla, será sin duda alguna el cómico de la fila. Se murmurará por
todas partes que sólo salió y subió tan alto para volver miope y
estúpido. Consecuencia inmediata: ya nadie tendrá la más mínima gana de
imitarlo. Y si, habitado por el deseo de compartir con ellos la Idea del
sol, la Idea de lo Verdadero visible, intenta desatarlos y conducirlos
para que, como él, sepan qué es el nuevo día, creo que lo atraparán y lo
matarán.
-¡Se le va la mano!- dice Glaucón.
-Es que uno de esos adivinos despreciables de los que
se burlaba ayer por la tarde tu hermana me lo ha anunciado: me matarán, a
mí, Sócrates, porque aún a los 70 años me obstinaré en preguntar dónde
está la salida de este mundo oscuro, dónde está el verdadero día.